lunes, 10 de enero de 2011

Un 17 de enero


Recuerda ese día, el momento llegó, sabía que él rompería el listón escarlata y lo ataría a su ombligo.

Ellos se estaban conociendo, esa mañana la tertulia de sus sentidos estaban extasiados, comprimidos, fastuosos, casi deslumbraban la habitación, sus ojos se magnetizaron, temblaban sus pies, las manos le sudaban, estaba nerviosa hasta por los poros, sabía lo que pasaría si confiaba.

Fue un enero resplandeciente y de reposo, ambos caminaban entre calles desoladas por ser domingo, ambos estaban callados, él a veces hablaba para calmar el nerviosismo, minutos después entraron a un recinto que sería testigo de su frenético coqueteo, de su púdico romance, de un sugestivo apetito que ella debía conocer.

No olvidará el decorado de las paredes, la alfombra verde, los cuadros y los espejos viéndolos, la fachada setentera, ambos sabían que la explosión se detonaría, ella no podía ni hablar, él le preguntaba si estaba bien, ella respondía que sí, él miraba sus ojos y percibía angustia, la joven estaba apenada, el pacto sucumbió sus mentes, se ahogaron por horas, durmieron como nunca, el cielo no se veía, el patio de centro escupía risas y voces anónimas, ella no quería dejarlo de abrazar, estaba impactada y radiante por ello, el abismo se vio cercano, la ternura llego hasta los recuerdos de infancia, el cansancio envolvió sus cuerpos desplomados entre las sábanas, ella despertó primero, lo vio por un momento y recordó la mirada brillante de él bajo su boca agitada y afligida por el enredo de sus cuerpos.