Hace diecisiete años un desconocido escribió “REmi” en un pedazo de papel y me lo entregó en el metro. No era su número. Era su blog.
Yo llegué a sus palabras antes que a sus manos.
Era la época de Messenger, de MySpace, del Indie Sleaze, las medias rotas y tenis de bota. Yo caminaba desalineada, con una cámara de rollo —una Canon que mi papá me prestó— y ganas de mirar la ciudad como si todo estuviera a punto de revelarse. Él no. Él siempre impecable, con camisas de texturas y simetrías retro, como si viniera de otra década.
Nos acercamos escribiendo.
Leí su blog —tengo todavía el pedazo de papel de ese día, guardado en un diccionario de francés de mis primeros años universitarios, sigue en buen estado— me enamoré de su forma de nombrar el mundo. Después vinieron las fotografías juntos, las caminatas, las conversaciones infinitas y aquella declaración en el antiguo café Trevi, que la pandemia se llevó físicamente, pero no de nuestra memoria.
Hay rollos sin revelar que todavía esperan su momento. Me gusta pensar que cuando por fin los revelemos habrá sorpresas, como si el pasado aún tuviera luz guardada.
Desde 2018 dejé de escribir en mi blog personal. En 2011 olvidamos la contraseña de este que abrimos para contarnos la vida, los miedos y los sueños. Hoy la encontré entre libretas de coberturas, como si también ella hubiera decidido regresar.
Y regreso.
Regreso a este espacio que nació cuando formalizamos lo que ya era evidente. Regreso a escribir ahora que he vuelto a estudiar, ahora que necesito ordenar pensamientos y también agradecer.
Te amo con la misma intensidad que aquella tarde en el Trevi. Con la misma certeza que tuve cuando leí tu primer texto. Con la misma emoción de la chica de medias rotas que encontró en tus pupilas enormes su luz y su refugio.
Feliz San Valentín.
