
Esa mañana no mostraba algo distinto a lo que los otoños en la ciudad representan: Frío, neblina, colores poderosos en el paisaje, cielos grises y gente achacosa con reumas y caras coloradas por el frío.
Ana había despertado tras un sueño plácido; había soñado con su fallecido abuelo que siete años atrás había muerto en un accidente automovilístico en la carretera cuando viajaba a visitarla a la capital en víspera de Invierno.
Román despertó tras una pesadilla terrible y pidió a Ana que trajera de desayuno pan, carne y queso para desayunar con un jugo de naranja en bote que ambos guardaban en el refrigerador. Ella se encontraba tendida sobre el pecho del hombre, abrió los parpados plácidamente y dio un beso en pos de afirmación.
Ana se levantó en bragas, llevaba unas color vino con encaje de las cuales disfrutaba mucho Román a la vista y tacto, este se encontraba tirado en la cama sin la menor intención de levantarse; miró cómo Ana se ponía un pantalón tirado en el piso y una blusa apretada que simple vista dejaba ver sus pezones marcando su aureola.
Se puso una chamarra gigantesca y salió de la habitación.
Eran el uno para el otro, Ana recordaba que desde que la memoria se lo permitía, no podía captar mejores recuerdos que los vividos con Román, él había llegado a su vida en el momento preciso, quizá por azar o premeditación, eso jamás lo sabría, pero se había vuelto más que necesario.
El amor le llegó justo el día en que lo vio dormido por primera vez a su lado.
Parecía un niño tierno con barba y piercings en los pezones, la Luna le entraba de pleno a la cara y sonrió cuando Ana lo acarició en el anonimato del sueño.
El edificio estaba pintado de color arena y era psicológicamente depresivo, por eso Ana unos meses atrás, había pintado las paredes del departamento de color lila y había puesto – a modo de significante romántico- huellas verdes de ambos plasmadas por toda la casa que figuraban pinturas rupestres y eran prueba de la existencia de ambos como pareja.
La calle estaba casi vacía, inclusive algunos negocios se encontraban cerrados, la florería de Niní; una vieja con los ojos muy azules, comenzaba a soltar el aroma de las gardenias que artificialmente habían sido cultivadas para brotar en esas fechas.
El pan de la bisquetería aún estaba caliente, olía poderosamente y Ana quebró uno en sus manos para irlo comiendo mientras pagaba el total de su cuenta:
-Luce preciosa este día señorita- Le dijo el rabo verde de Jacinto y ella respondió con una sonrisa enorme al detalle del jovato que se perdió a sus espaldas cuando esta salió del establecimiento.
En el parque se encontró a Susana, una vieja vagabunda que temblaba de frío mientras yacía tumbada en una banca metálica intentando conciliar el sueño.
Ana metió la mano en la bolsa y le regaló un trozo de pan. Susana fue muda de nacimiento y nadie sabía si en realidad entendía las palabras del resto de las personas; alguna leyenda local la ubicaba como una Alemana que había enloquecido en un viaje de vacaciones y que se había quedado inevitablemente abandonada en el país ajeno.
Prendió un cigarrillo, Román odiaba los cigarros con toda su alma, le producían migraña, se sentó un momento en la orilla de la húmeda fuente con forma de angelito orinador a disfrutar de su vicio y después se levantó a la cremería con el culo mojado.
En la cremería compró queso de cabra, le recordaba a los canapés de salmón que le preparaba su abuela cuando la visitaba en verano, un poco de fuet que el carnicero envolvió ostentosamente en papel encerado y se detuvo en la cafetería a comprar grano molido y bolsitas de té para la tarde.
Amaba acurrucarse en Román para ver caer el Sol; este le tarareaba canciones improvisadas al oído mientras bebían algo cálido, tirados en la cama con las ventanas abiertas acobijados por los últimos rayos de la estrella madre.
La última parada antes de volver al departamento fue en los abarrotes de Miguel, él era –casi como a caricatura- un viejo español barbón con boina que ceceaba llegado de las épocas de conquista y parecía que desde entonces con cara de pocos amigos.
Con él compró un bote de arándanos secos, pagó y volvió al edificio que quedaba ya a unos pasos y subió sus escaleras frías de mármol.
A diferencia de la calle, el departamento era acogedor, de reojo Ana vio el pie de Román en la cama y se dispuso a preparar el desayuno: encendió la tetera llena, sacó el jugo del refrigerador y lo colocó en dos vasitos sobre la mesita de madera de la cocina, partió fuet que frió en la sartén, corto trocitos de melón y los colocó intercalados con la carne en un platón y al último tostó trocitos de pan para hacer croutones que al final untó con queso y coronó con una rebanada de tomate fresco.
-Román, ¡ven a desayunar!- dijo a la lejanía y no recibió respuesta alguna.
Entonces entró en la habitación:
-Román, vamos a desayunar, preparé el desayuno- dijo con más decisión.
Román parecía perdido completamente dormido, en sueño mohr y no respondía ni una palabra.
Ana se acerca a la cama y se quita nuevamente los pantalones, se recuesta sobre Román para despertarlo cariñosamente y lo besa en la boca hundiendo su lengua en la del durmiente.
Su pecho está frío, sus labios secos y su lengua flácida.
Entonces Ana retrocede con el corazón a galope, le mira con detenimiento y comienza a gritarle; le da palmaditas en las mejillas y comienza a llorar.
Le abre los ojos: están perdidos, mirando al infinito, al final se recarga contra su pecho. Su corazón no late.
Dura un buen rato tendida sobre su amor llorando de pánico.
Al final se da cuenta: Román no está más ahí, el departamento está lleno de vapor, toda el agua de la tetera se ha evaporado y condensado formando nubecitas dentro del departamento.
Ana toma los dos jugos, prepara más café y se lleva el plato de melón con fuet a la cama, se acurruca en el cuerpo inmóvil de Román y se queda mirando al horizonte con la vista melancólica.
Llega un triste atardecer.
Se da cuenta, este será el último ocaso que pasará en el regazo de su amado…
CHPM
No hay comentarios:
Publicar un comentario