viernes, 25 de marzo de 2011
Silencios rítmicos
Para muchos lo domingos eran días terribles, algunas veces inclusive depresivos.
Sin embargo ese día, a pesar de la elevada temperatura que tenía sumida en somnolecia a la mitad de la ciudad, del hambre que crecía en sus estómagos y del gato que se encontraba posado sobre el pecho de la mujer relamiendo sus bigotes. Y de los claxons de la calle y la gente gritando, el ruido interminable, la soledad de todo el mundo detrás del ventanal y de todas aquellas cosas que odiaban con toda su alma que se habían sumado a sus cercanías en ese preciso instante, sabían que estaban en el lugar y en el momento apropiados para regalarse mutuamente una sonrisa.
martes, 15 de marzo de 2011
Ya no escucho su voz
Distancia, tiempo, lugares, costumbres, personas, pláticas, miradas, siempre se pregunta ¿dónde estará, si necesita algo?Se levanta entumecida de tanto dormir, se prepara una taza de té oscuro, cierra los ojos para poder recordar, no quiere olvidar su rostro.
De él sabe que, no quiere volver a enamorarse, las mujeres le hacen mal, lo enferman, le gusta el silencio en magnitud y jugar con sus dedos como si estuviera esculpiendo, él decía que después de estos tiempos en profunda paz, iría a encontrarse con personas como él, callados, en blanco, en absoluto silencio.
Ella sueña y él está ahí, en sus ilusiones todo lo que le preocupa está ahí, a veces no recuerda qué soñó, tiene miedo porque en sus sueños no hay sonidos, voces, ni ruidos, ya no escucha nada, ya no queda más que una imagen de recuerdo, imágenes que de pronto se desvanecen y que algunas veces ya no están.
Vuelve pronto sueño…
lunes, 10 de enero de 2011
Un 17 de enero

Recuerda ese día, el momento llegó, sabía que él rompería el listón escarlata y lo ataría a su ombligo.
Ellos se estaban conociendo, esa mañana la tertulia de sus sentidos estaban extasiados, comprimidos, fastuosos, casi deslumbraban la habitación, sus ojos se magnetizaron, temblaban sus pies, las manos le sudaban, estaba nerviosa hasta por los poros, sabía lo que pasaría si confiaba.
Fue un enero resplandeciente y de reposo, ambos caminaban entre calles desoladas por ser domingo, ambos estaban callados, él a veces hablaba para calmar el nerviosismo, minutos después entraron a un recinto que sería testigo de su frenético coqueteo, de su púdico romance, de un sugestivo apetito que ella debía conocer.
No olvidará el decorado de las paredes, la alfombra verde, los cuadros y los espejos viéndolos, la fachada setentera, ambos sabían que la explosión se detonaría, ella no podía ni hablar, él le preguntaba si estaba bien, ella respondía que sí, él miraba sus ojos y percibía angustia, la joven estaba apenada, el pacto sucumbió sus mentes, se ahogaron por horas, durmieron como nunca, el cielo no se veía, el patio de centro escupía risas y voces anónimas, ella no quería dejarlo de abrazar, estaba impactada y radiante por ello, el abismo se vio cercano, la ternura llego hasta los recuerdos de infancia, el cansancio envolvió sus cuerpos desplomados entre las sábanas, ella despertó primero, lo vio por un momento y recordó la mirada brillante de él bajo su boca agitada y afligida por el enredo de sus cuerpos.
viernes, 3 de septiembre de 2010
Anagrama
Irremediablemente la soledad se remite a lugares en los que la nada se hace presente, un don nadie en medio de la nada es un lugar solitario.
Entonces, el hombre silencioso, parece una sombra, platica con ella, pregunta del vacío, se pregunta si esa proyección suya en la pared es muestra de su innegable maldad. Se sienta después frente al espejo y se mira a los ojos.
Goza sentir que esta desolado
Obscuros, un café que parece rojizo e inmenso, se da miedo, piensa si acaso, él mismo es un infierno y eso que siente en todas las mañanas que traduce como desgano es en realidad odio que ha crecido en su interior.
El silencio lo ensordece, se adentra en él, es entonces cuando se escucha a sí mismo:
Se pregunta quién es él, pero la pregunta le parece vaga e insignificante.
Después se cuestiona sobre su razón de existir, pero la pregunta le parece demasiado irrelevante.
Irreconocible, así se siente frente al espejo, ese que está ahí no es él.
Observa el cielo, la luna está roja, enorme, así se ve el cielo cuando alguien va a morir, solo espera no ser aquel que cumplirá ese fatídico destino.
Silencio, el silencio le dice que él no morirá.
Este es un anagrama Sara. ¿Puedes descifrarlo?
Diego.
miércoles, 4 de agosto de 2010
De la infancia
martes, 13 de julio de 2010
Cirros inmóviles

Esa mañana no mostraba algo distinto a lo que los otoños en la ciudad representan: Frío, neblina, colores poderosos en el paisaje, cielos grises y gente achacosa con reumas y caras coloradas por el frío.
Ana había despertado tras un sueño plácido; había soñado con su fallecido abuelo que siete años atrás había muerto en un accidente automovilístico en la carretera cuando viajaba a visitarla a la capital en víspera de Invierno.
Román despertó tras una pesadilla terrible y pidió a Ana que trajera de desayuno pan, carne y queso para desayunar con un jugo de naranja en bote que ambos guardaban en el refrigerador. Ella se encontraba tendida sobre el pecho del hombre, abrió los parpados plácidamente y dio un beso en pos de afirmación.
Ana se levantó en bragas, llevaba unas color vino con encaje de las cuales disfrutaba mucho Román a la vista y tacto, este se encontraba tirado en la cama sin la menor intención de levantarse; miró cómo Ana se ponía un pantalón tirado en el piso y una blusa apretada que simple vista dejaba ver sus pezones marcando su aureola.
Se puso una chamarra gigantesca y salió de la habitación.
Eran el uno para el otro, Ana recordaba que desde que la memoria se lo permitía, no podía captar mejores recuerdos que los vividos con Román, él había llegado a su vida en el momento preciso, quizá por azar o premeditación, eso jamás lo sabría, pero se había vuelto más que necesario.
El amor le llegó justo el día en que lo vio dormido por primera vez a su lado.
Parecía un niño tierno con barba y piercings en los pezones, la Luna le entraba de pleno a la cara y sonrió cuando Ana lo acarició en el anonimato del sueño.
El edificio estaba pintado de color arena y era psicológicamente depresivo, por eso Ana unos meses atrás, había pintado las paredes del departamento de color lila y había puesto – a modo de significante romántico- huellas verdes de ambos plasmadas por toda la casa que figuraban pinturas rupestres y eran prueba de la existencia de ambos como pareja.
La calle estaba casi vacía, inclusive algunos negocios se encontraban cerrados, la florería de Niní; una vieja con los ojos muy azules, comenzaba a soltar el aroma de las gardenias que artificialmente habían sido cultivadas para brotar en esas fechas.
El pan de la bisquetería aún estaba caliente, olía poderosamente y Ana quebró uno en sus manos para irlo comiendo mientras pagaba el total de su cuenta:
-Luce preciosa este día señorita- Le dijo el rabo verde de Jacinto y ella respondió con una sonrisa enorme al detalle del jovato que se perdió a sus espaldas cuando esta salió del establecimiento.
En el parque se encontró a Susana, una vieja vagabunda que temblaba de frío mientras yacía tumbada en una banca metálica intentando conciliar el sueño.
Ana metió la mano en la bolsa y le regaló un trozo de pan. Susana fue muda de nacimiento y nadie sabía si en realidad entendía las palabras del resto de las personas; alguna leyenda local la ubicaba como una Alemana que había enloquecido en un viaje de vacaciones y que se había quedado inevitablemente abandonada en el país ajeno.
Prendió un cigarrillo, Román odiaba los cigarros con toda su alma, le producían migraña, se sentó un momento en la orilla de la húmeda fuente con forma de angelito orinador a disfrutar de su vicio y después se levantó a la cremería con el culo mojado.
En la cremería compró queso de cabra, le recordaba a los canapés de salmón que le preparaba su abuela cuando la visitaba en verano, un poco de fuet que el carnicero envolvió ostentosamente en papel encerado y se detuvo en la cafetería a comprar grano molido y bolsitas de té para la tarde.
Amaba acurrucarse en Román para ver caer el Sol; este le tarareaba canciones improvisadas al oído mientras bebían algo cálido, tirados en la cama con las ventanas abiertas acobijados por los últimos rayos de la estrella madre.
La última parada antes de volver al departamento fue en los abarrotes de Miguel, él era –casi como a caricatura- un viejo español barbón con boina que ceceaba llegado de las épocas de conquista y parecía que desde entonces con cara de pocos amigos.
Con él compró un bote de arándanos secos, pagó y volvió al edificio que quedaba ya a unos pasos y subió sus escaleras frías de mármol.
A diferencia de la calle, el departamento era acogedor, de reojo Ana vio el pie de Román en la cama y se dispuso a preparar el desayuno: encendió la tetera llena, sacó el jugo del refrigerador y lo colocó en dos vasitos sobre la mesita de madera de la cocina, partió fuet que frió en la sartén, corto trocitos de melón y los colocó intercalados con la carne en un platón y al último tostó trocitos de pan para hacer croutones que al final untó con queso y coronó con una rebanada de tomate fresco.
-Román, ¡ven a desayunar!- dijo a la lejanía y no recibió respuesta alguna.
Entonces entró en la habitación:
-Román, vamos a desayunar, preparé el desayuno- dijo con más decisión.
Román parecía perdido completamente dormido, en sueño mohr y no respondía ni una palabra.
Ana se acerca a la cama y se quita nuevamente los pantalones, se recuesta sobre Román para despertarlo cariñosamente y lo besa en la boca hundiendo su lengua en la del durmiente.
Su pecho está frío, sus labios secos y su lengua flácida.
Entonces Ana retrocede con el corazón a galope, le mira con detenimiento y comienza a gritarle; le da palmaditas en las mejillas y comienza a llorar.
Le abre los ojos: están perdidos, mirando al infinito, al final se recarga contra su pecho. Su corazón no late.
Dura un buen rato tendida sobre su amor llorando de pánico.
Al final se da cuenta: Román no está más ahí, el departamento está lleno de vapor, toda el agua de la tetera se ha evaporado y condensado formando nubecitas dentro del departamento.
Ana toma los dos jugos, prepara más café y se lleva el plato de melón con fuet a la cama, se acurruca en el cuerpo inmóvil de Román y se queda mirando al horizonte con la vista melancólica.
Llega un triste atardecer.
Se da cuenta, este será el último ocaso que pasará en el regazo de su amado…
CHPM
martes, 18 de mayo de 2010
Geometría en imágenes
Hoy mientras caminaba de regreso a casa, levanté la cara hacía arriba y observé el techado de cristal, la construcción del túnel por el que rondaba estaba deteriorado, aún así me pareció asombrosa, las formas geométricas y la luz que pasaba por el vidrio hacían que caminará lento, hacían que olvidara el estrés que llevaba gracias a dos estúpidos exámenes, valió la pena levantarme temprano porque imágenes como esas son las que mis ojos encapsulan desde el día en que hice una estenopeica.
Recuerdo cuando la hice, lo que más me gustó fue pintar la caja, y lijar la lata de metal, me costó trabajo meter la hoja de impresión dentro, con toda esa oscuridad creo que eche a perder dos impresiones, mi profesora Canon casi no tenía paciencia, era estricta, sus criticas y reprendas me ayudaron mucho.
Lo primero que capté con la estenopeica fue al caballito de metal que se encuentra allá por Reforma, Canon había dicho que fotografiáramos eso, yo lo retraté muy de cerca, cuando Canon vio la impresión dijo que la toma a esa distancia no a muchos se les hubiera ocurrido, fue ahí cuando me di cuenta de que esa sería mi primer fotografía geométrica, meses después comencé a utilizar otros tipos de lentes, réflex, de visor a parte de las cajitas de cartón que nunca dejarán de encantarme.
Fue entonces que la fotografía ya era uno de mis pasatiempos, si no hubiera sido por Canon jamás hubiera imaginado que mis primeras fotos tenían que ver con figuras matemáticas, con exactitudes en cuerpos geométricos, con formas que a todo niño cautivan, gracias a Canon la fotografía es parte de mi vida.