
En incontables ocasiones, durante mis ratos de ocio (que eran muy comunes), me sentaba a buscar imágenes por la red y constantemente encontraba la fotografía de este lugar acompañada de textos poéticos que hablaban de la soledad, la compañía, las búsquedas y el amor.
Durante mucho tiempo vi imágenes de gente que caminaba, se detenía o se sentaba en este lugar. Entonces suspiraba pensando en que existen lugares con una mítica que atrae. Esos lugares existen para todos, son lugares comunes y reconocibles. Yo, como muchos cientos más, pasaba a diario por ahí y recordaba todas las fotografías que había visto de ese sitio, a veces pensaba que era fotogénico, como un familiar común entre toda esa gente y yo. Otras veces no tenía tiempo para detenerme a intentar captar la magia que lo hacía un sitio común para tantas personas y pasaba de largo como si fuera un fantasma.
Cuando el tiempo me sobraba, me detenía, me sentaba justo ahí y observaba a toda esa gente que se paseaba buscando ese “algo” o “alguien” que quizá lo hacían el lugar común para todos; algunos inclusive miraban a todos lados buscando la muerte de su soledad y después de unos instantes desistían y seguían sus caminos donde quiera que estos fueran.
Yo entraba de nueva cuenta a la red que hace tan impersonal la vida de todos y seguía viendo a miles de soñadores como yo que tomaban fotografías de este sitio.
Quizá sea la geometría del lugar, lo amplio y opaco que puede tornarse el mundo en este sitio particular, o que muchos como yo pasan a diario por ahí buscando tomar un poco de aire para de inmediato volver al mundo de los demás.
En el mundo nada tenemos seguro, la vida y las certezas se van como humo salido del cigarrillo que uno fuma alguna vez en ayunas para descubrir que el mundo es un lugar crudo y ajeno a nuestros sueños.
Pensar que para acabar con esa soledad se requiere del caos y el azar es atemorizante:
Primero dos personas de las que vienes se conocen de entre millones de personas esparcidas al azar en todo el mundo, después ocurren sucesos al azar que hacen que esas personas terminen juntas por el tiempo determinado que sea necesario y entonces entre millones de semillas que luchan entre ellas a muerte una resulta sobreviviente y cuando comienza a morir entra a un óvulo que posiblemente no era fecundo y se queda a dormir perdiendo la conciencia durante nueve meses. Tras ese tiempo de incertidumbre en el que la vida y la muerte van de la mano divididas por un manto imperceptible uno nace, llega a un mundo nuevo de todos y de los demás y es entonces cuando la azarosa suerte nos dice adónde desarrollaremos gran parte de nuestra vida, los lugares que veremos, viviremos, disfrutaremos y sufriremos.
Entonces nos sentamos y nos sentimos solitarios por un tiempo, nos conocemos entre muchas personas por un tiempo hasta que un buen día nos damos cuenta que jamás sabremos quienes somos nosotros mismos y desistiremos de intentar conocernos. Entonces es cuando en nuestra certeza de desconocimiento buscamos conocer a alguien ajeno a nosotros y en el mundo de todos nos detenemos a buscar a alguien más que sea nuestro. Pasa el tiempo, la vida y las horas.
Es entonces cuando nos sentimos más solos que nunca al darnos cuenta que el azar es desolador y que aunque uno busque jamás encontrará nada, pues el caos no ocurre cuando uno lo desea, este acontece cuando le place.
Entonces un día cualquiera, cuando uno está apunto de tirar la toalla, ese azar producido tras innumerables factores de caos se decide y en un lugar cualquiera a una hora específica de un día que antes no era nada; otra persona nacida de otras dos que se conocieron de entre millones en el mundo al azar, nacidas de dos células que sobrevivieron a batalla de muerte y después combinaron sus genes para provocar otra batalla en la que millones de personas en potencia murieron para dar paso a ese alguien, se cruza en tu camino. Es un instante sin sentido que ocurre y genera un caos aún mayor en el que las consecuencias no son conocidas pero están presentes.
Es en ese instante en el que te encuentras con esa otra persona que resulta que no había visto más fotografías de ese lugar, es una persona que tomó una fotografía justamente de ese sitio por cualquier motivo azaroso que tras cierto tiempo usas para contar cualquier cosa.
El precio del caos es entonces la certeza de que el caos es lo único incierto en este mundo. Y que de entre millones de personas nacidas del caos dos se encuentran un día gracias a los favores del azar, es entonces ahí cuando cientos de sucesos azarosos vuelven a suceder que dictaminan en tiempo, horas, minutos, segundos y días, lo que sucederá con ese suceso que es resultado del caos.
Fotografía: Sarai Estudillo Arriaga
Texto: Diego Christian Pérez Morales
No hay comentarios:
Publicar un comentario